La inflación se acelerará no sólo por el intento absurdo de mantener a la moneda permanentemente subvaluada, sino también por la multiplicación de medidas que restringen la inversión y deterioran la productividad.

Los controles de precios y las retenciones a las exportaciones son dos ejemplos típicos de medidas que restringen la oferta futura de bienes y servicios y que agregarán presiones inflacionarias cada vez más fuertes.

El caso de los controles de precios, particularmente ahora que han adoptado la forma de congelamiento de las tarifas pesificadas para los servicios públicos, debería ser bien conocido por los economistas del gobierno.

Durante los 70 y los 80, cuando ellos tuvieron oportunidad de aplicar sus teorías económicas, eran comunes los “tarifazos”. Por supuesto, sobrevenían luego de períodos de congelamiento de tarifas que provocaban desinversión y desabastecimiento.

Lamentablemente, después de las elecciones de octubre, asistiremos a una secuencia de tarifazos que pueden llevar a triplicar los precios de la electricidad, el gas y el transporte público.

El caso de las retenciones a las exportaciones es tan perverso como el de los congelamientos de precios. Y por las mismas razones. Las retenciones, que además de ser muy elevadas para los productos agrícolas, ahora han sido aumentadas para los productos lácteos, desalientan la inversión en sectores para los que existe demanda interna y de exportación. El resultado no puede ser otro que la acentuación del desequilibrio entre la oferta y la demanda.

Ya llegará el momento en que la causa de ese desajuste deberá ser eliminada. Entonces los aumentos de precios serán mucho mayores que los que evitarán ahora.Cualquier economista sensato, que tenga más de 40 años de edad y haya vivido en la Agentina, aún sin gran entrenamiento técnico, debería conocer estos fenómenos por simple experiencia.

Durante las décadas de los 70 y de los 80, cuando los controles de precios y las retenciones estaban a la orden del día, pasamos de la inflación a la stagflación y terminamos en hiperinflación.En particular, entre 1980 y 1990, cuando nuestra moneda se devalúo muchas veces y estuvo predominantemente subvaluada, la producción y las exportaciones se estancaron, no por falta de demanda sino, precisamente, por escasez de oferta. Y la oferta no aumentaba porque no había inversión y la productividad, en lugar de aumentar, retrocedía. Los controles de precios y las retenciones a las exportaciones figuraban entre las principales causas de ese desastre económico.

Es una paradoja, y por cierto algo que vamos a lamentar mucho en el futuro, que el Gobierno de Kirchner, que goza de popularidad gracias a la expansión económica provocada por una elevada demanda mundial de alimentos que tuvimos la fortuna de poder atender gracias a la inversión en infraestructura y tecnología de la década de los 90, esté destruyendo las bases de nuestra prosperidad con controles de precios y retenciones a las exportaciones, las mismas armas de destrucción económica que nos llevaron al desastre durante los 70 y 80.