Por Domingo Cavallo, para La Nación, domingo 7 de marzo

Usando un término acuñado por Juan Carlos de Pablo muchos años atrás, denomino “devalúo maníacos” a los empresarios y economistas que sostienen la teoría de que todo se arregla con una devaluación fuerte de la moneda.  

Para los devalúo maníacos la devaluación tiene la virtud de producir una rebaja del gasto público y de los salarios reales, a la vez que permite cobrar impuestos distorsivos, como las retenciones a las exportaciones y, de esa forma, reestablecer el equilibrio fiscal. Era la receta que aplicaba el FMI hasta bien entrada la década de los 80s. Consideran como un buen ejemplo de una devaluación “exitosa”, a la de enero de 2002, que licuó deudas, gastos públicos y salarios reales y permitió la introducción de las retenciones. Argumentan que fue esta devaluación la responsable de que la economía se recuperara y, durante seis años consecutivos, creciera a tasas chinas.

Ahora comienzan a acariciar su próximo protagonismo porque observan que la inflación ya ha vuelto a dejar atrasado al precio del dólar, los salarios reales ya alcanzaron el nivel promedio del período 1991-2001 y los costos laborales son incluso más altos que en aquella época, porque han vuelto a aumentar las contribuciones patronales y otros impuestos al trabajo. Observan además que el Gobierno ya no tiene suficientes recursos para afrontar sus gastos y deberá mantener las retenciones; las que, devaluación mediante, podrían aumentar los recursos tributarios sin provocar mayor enojo de los agricultores, a los que, en cierta medida, la devaluación también beneficiaría.

Los devalúo maníacos aspiran a que el Gobierno de los Kirchner se deje convencer  por esta argumentación, porque además le brindaría un argumento para presentar la emisión monetaria con que financiarán el déficit fiscal como un reparto de dividendos del Banco Central.

Lo que los devalúo maníacos no tienen en cuenta es que, en la actualidad, existen desequilibrios en los precios relativos de la economía que obligan al Gobierno a pagar enormes subsidios fiscales que, lejos de reducirse, podrían aumentar proporcionalmente más que el propio precio del dólar.

Se trata de todas las tarifas de servicios públicos y los precios de los bienes esenciales, como trigo y leche, que por haber sido congelados o estar controlados, además de frenar la inversión en esos sectores claves, obligan al Gobierno a pagar subsidios, para cubrir costos variables, por montos de la misma magnitud que el déficit fiscal. Para que esa masa de subsidios no aumente, la devaluación tendría que ser acompañada por un tarifazo de la misma magnitud que la devaluación.

En el actual contexto político y con el actual entrenamiento de los sindicatos para conseguir aumentos de salarios nominales, la estrategia que proponen los devalúo maníacos llevaría inevitablemente a la reedición del “Rodrigazo” de 1975. Los Kirchner entienden el costo político que tendría tomar esta medida, y por eso, pese a estar rodeados de técnicos de profunda convicción devaluacionista, tratan de evitar la devaluación.

Lamentablemente recurren a una enorme emisión monetaria  que a la postre transformará a la devaluación en inevitable. Por eso, los devalúo maníacos no se sienten defraudados. Creen que una vez que los Kirchner hayan dejado el gobierno, lograrán convencer a las nuevas autoridades que comiencen su gestión con una fuerte devaluación. La emisión monetaria provocada por los Kirchner y la brecha que habrá para entonces entre el dólar paralelo y el dólar oficial, les darán argumentos adicionales. 

Si dejaran de asesorarse con devalúo maníacos, los Kirchner podrían resolver los problemas, con un menor costo social, avanzando hacia una completa y sincera liberalización de todos los mercados. Las tarifas de servicios públicos deberían subir al nivel que permita cubrir los costos y eliminar todos los subsidios sin finalidad social. Las restricciones cuantitativas a las exportaciones e importaciones, igual que todos los controles de precios, deberían eliminarse. Las retenciones sobre las exportaciones deberían transformarse de inmediato en un pago a cuenta del impuesto a las ganancias. El precio del dólar no debería ser decidido por el gobierno sino por el mercado. Los salarios también deberían surgir de paritarias libres.

El Banco Central tendría que controlar estrictamente la emisión monetaria y, para resolver el problema de financiamiento del sector público, en particular el que requiere de dólares por hacer pagos en esa moneda, el Gobierno debería recurrir al Fondo Monetario Internacional y plantear un plan de completa normalización de las relaciones financieras con el exterior contra financiamiento de esa institución. Debe ser un plan que, por unos cuantos años, no requiera esfuerzo fiscal adicional a aquel necesario para cubrir los gastos en pesos. Estas dos últimas medidas evitarían genuinamente la mega-devaluación.

Los Kirchner se niegan a  aplicar esta solución porque no quieren reconocer que lo que han venido haciendo hasta ahora es la causa de los problemas. Y, de paso, si se salen con la suya y logran postergar estas decisiones, esperan que la enorme emisión que provocarán en los próximos meses y la capacidad persuasiva de  los devalúo maníacos logren convencer a las nuevas autoridades que todo se arregla, paradójicamente, con una  mega devaluación. De esa forma ellos podrán decir: nos fuimos nosotros y llegó el caos.