Mientras la mayor parte de las naciones en proceso de desarrollo, de las cuales China es quizás el mejor ejemplo reciente, se integran crecientemente al Mundo y aprovechan las tecnologías, las inversiones y el comercio que cruzan las fronteras  cada vez con mayor libertad, nuestro País se ha ido auto-aislando a paso redoblado.

Este proceso comenzó con el default de la deuda externa, sin que desde entonces haya mediado negociación de buena fe con los acreedores; se acentuó con la violación por parte de Argentina de todos los contratos de concesión y la virtual confiscación del capital invertido en los sectores en los que se habían producido privatizaciones durante los 90′s; y culminó en las crecientes restricciones al comercio externo y al movimiento de capitales.

En materia de restricciones al comercio y violación de compromisos con nuestros socios comerciales pasamos de la prohibición de exportar gas a Chile en 2003 y de las trabas generalizadas a las exportaciones de carnes y cereales desde 2004 en adelante, a las trabas cuantitativas al comercio intra-mercosur y, mas recientemente, al virtual control discrecional de prácticamente todo tipo de importación de bienes y servicios.

No es de sorprender que la inversión directa extranjera haya prácticamente desaparecido y que quienes tienen excedentes financieros en Argentina, en lugar de invertirlos en el País, prefieran enviarlos al exterior. Si faltaba alguna señal que le indicara a quienes disponen de capacidad inversora que no se estaban equivocando cuando adoptaban esas decisiones, las restricciones a la compra de dólares y las trabas a las transferencias financieras al exterior, incluídos dividendos y repatriación de capitales, sirvió de certificación de que estaban acertando en buscar refugio fuera de la Argentina.

En lo inmediato el Gobierno Argentino parece creer que estas medidas perjudican sólo a países extranjeros y a residentes en el exterior pero que son beneficiosas para el País. Craso error. El auto-aislamiento Argentino a quienes más perjudica es a los propios argentinos que quedaremos entrampados en una economía cerrada a las nuevas teconogías, a las inversiones y al comercio tanto de importación como de exportación. Volveremos a quedar rezagados frente al resto del mundo en materia de productividad y calidad de vida y acentuaremos las pujas distributivas internas que aceitadas con la emisión monetaria van a provocar tasas crecientes de inflación. No debería ser difícil a nuestra gente, especialmente a quienes tienen más de 30 años, advertir que ésta sera la consecuencia, porque hemos vivido el mismo proceso en las décadas anteriores a 1990.

Lo que resulta difícil de entender, especialmente a quienes nos observan del exterior, es la perseverancia de los dirigentes argentinos en el error de creer que el auto-aislamiento puede aportar alguna solución duradera a nuestra decadencia económica. Debo confesar que yo me hago la misma pregunta y no encuentro respuesta fácil.